Permitir que lo grueso se vaya al fondo del vaso.
Que decante cada pedacito visible, lentamente, hasta volverse montículos arenosos pequeños.
Que allí se acumulen los restos más minúsculos con el paso del tiempo.
Que nadie se atreva a mover el recipiente, que no se vuelva a levantar la polvareda.
Que se seque tu agua.
Que se evapore tu recuerdo.
Que luego, se rompa el vaso.
Que se pierdan todas tus partículas.
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