
Un flechazo de oro turbó mis sueños y la desesperación se hizo notar en el empañado vidrio de mi frío dormitorio.
Todo era oscuridad.
El brillo del gélido metal penetró en mi pecho y como torrente volcánico de lava ardiente, la sangre demostraba mi ser vivo.
Dolor.
Dolor en cada milímetro de mi alma, ya que mi cuerpo, inmóvil, no daba señal de molestia alguna. Inerte. Sólo permanecía quieto, esperando que todo pase.
Siento esa presencia. Ese ser que me mira, pero yo no puedo verlo. Él es el culpable de mi agonía.
Muero.
Duele.
Despierto.
No puedo respirar. Estoy agitada, transpiro, el terror me invade, intento recordar una imagen, un olor de ese ente, pero no puedo.
Todo es silencio, horrendo y monótono silencio que sólo me asusta más, mientras que en mi cuarto un hilo tenue de luz ingresaba por una gran ventana.
Ruidos.
Ruidos del exterior. Una fuerza inexplicable me empuja a averiguar qué es, pero mi miedo me detiene.
No quiero.
Siento que el dolor de observar me va a golpear mucho peor que mi reciente pesadilla. Y el de las anteriores.
¿Qué es?
¿Qué sos?
¿Qué buscas?
No.
Me desespera saberme vulnerable, creerme incapaz de salir de este terror que consume mi vida, segundo a segundo.
Algo me guía al inmenso ventanal, mis manos se posan rotundamente en el vidrio que suda y lentamente abro mis ojos.
Todo se aclara, es de día y te veo escapando de algo, de alguien, no sé. Allí estas, bello y perverso, enloqueciendo mi frágil mente.
Te deseo, pero mis gritos no son escuchados.
Desapareces y despierto otra vez. Esta situación fue producto de mi perturbada mente, que solo busca responder miles de preguntas. Estos malditos sueños me atacan día a día, manipulando mi razón.
Y vos, culpable de todo, de todas y cada una de mis enfermedades, miedos, locuras.
Vos, que perdidamente decías quererme, a tal punto de ser todo... te fuiste.
No sólo eso, me matas con tu recuerdo continuo, con el dolor que dejó tu pasar a mi lado.
Y ella, ésa a la cual tú amabas o sólo usabas para saciar tus necesidades e instinto animal, ésa, con la cual decidiste disfrutar tu vida, ésa, mientras yo, pasaba mi rutina viendo en el ventanal que tú entraras con rosas para halagar mi inútil existencia. Creí en vos, en tus palabras, en tu supuesto amor. Te juré pasión con mi alma y sangre y tú, teniendo todo de mí, optaste por morir a su lado, a sus pies... entregándole la vida...
¿Tanto fue ella?
¿Tan poco fui yo?
Tu muerte era mía y se la regalaste.
Tu ser inútil, tu cuerpo, tu mente, todo era mío. Pero perdí tu corazón.
Y me persigues ahora... porque sabes que planee su muerte y no lo logré. Porque intenté recuperarte de mil modos, sufriendo y llorando océanos de oscuras lágrimas, vanamente.
Quisiste morir con ella, olvidando tu promesa de fuego.
¡Impostor!
Todavía sos mío... porque aún me buscas queriendo matar lo poco que queda de mí... sabías lo débil que soy para lastimar a otro ser... ¡Sí!
Fue ella la engañada, tú moriste para que ella por fin muriese.
¡Ya entiendo!
Soy una idiota, tú sigues amándome, desde donde diablos estés.
Pero... si vos me diste tu vida y yo te di la mía... ¿Qué hago aquí respirando?
Ya sé mi amor lo que buscas en cada sueño... aunque creo que debimos haber muerto los tres. Pero eso ya sucedió.
Te doy, pues, mi vida solitaria a modo de ofrenda, soy tuya... siempre lo fui, aún sin tu presencia corpórea.
Tu alma me rodea, me lleva...
¡Sí mi amor!
¡Te seguiré!
Hasta que el amanecer encuentre en mi alma nuestra promesa de amor.
Días más tarde, una vecina de Lady Rursfeld, preocupada por el nulo movimiento del hogar, decide presentarse en el mismo, para averiguar que sucedía y si era necesario, cuidar un tiempo a la delicada viuda. Fue, tanto para ella como para la población, sumamente extraño encontrar la casa totalmente vacía, con la puerta abierta de par en par y con un ventanal de una de las tantas habitaciones roto y empapado en un charco de sangre.
El comisario del lugar comenzó una extensa búsqueda, sin muchas noticias, hasta cierta tarde del invernal mes.
Allí estaba ella, abrazada a una lápida del cementerio de la colina, en la que se leía: "Aquí yace Peter Rursfeld, eternamente mío"
Tenía puesto el vestido que utilizó para su boda, su pelo rojo brillaba entre tanta gris soledad y en su pecho, justo en el corazón, brotaba un manantial. Bastó una sola apuñalada con un vidrio punzante para acabar de una vez por todas, su angustia.
A sus pies permanecía una carta remitida a quien encontrase tremendo cuadro, con sus últimas incoherentes palabras:
A mi descubridor:
Primero pido que no me juzguen por nada.
Quiero un vestido negro, para poder asistir con el a mi propio funeral.
Entiérrenme a su vera, él fue mi amor. Al último cuerpo enterrado de mujer, quítenlo. Aquí solo hay lugar para una.
No lloren, él me pidió que lo acompañe, necesita mi presencia continua.
Perdonen las molestias, cuiden mi hogar, visitaré sus sueños.
Seré por fin feliz.
Lady Rursfeld.
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